No sé cuántas decenas de años hacía que vi esta película (¿por primera o segunda vez?), pero el recuerdo de Masina es inolvidable además de entrañable. Sus miradas y las expresiones de su rostro son la mitad de la película, la otra mitad se la tienen que repartir, con todo mérito, el director y guionista y los dos actores, pues todos ellos están muy bien pero, insisto, los ojos de Masina son un regalo para el espectador.
A duras penas me acordaba del principio de la historia,
que es muy triste (y eso es lo que recordaba Marisol), pero tenía muchas ganas
de verla desde hace algún tiempo y aproveché el impasse que se había
creado con la finalización de la serie anterior para colarla.
Masina tiene muchas hermanas que viven con su madre y Quinn necesita a alguien para que actúe con él como feriante, así que le da algún dinero a su madre y se la lleva de casa. Ella no sabe hacer nada, por lo que él tiene que enseñarle y nada mejor que aplicar el refrán de la letra con sangre entra, y así es como ella aprende a presentarlo con una buena entonación, a participar en banales escenas y a pasar la gorra para poder comer ese día. Quinn es un hombre salvaje que solo sabe trabajar para subsistir y Basehart es un volatinero, corto de entendederas pero con buen corazón, que siempre se burla de Quinn y este solo desea darle un guantazo.
Vale la pena verla aunque la historia que cuenta sea triste, pero el trabajo de todos es tan bueno que perdérselo sería más triste todavía.
Dirección: Federico Fellini
Fotografía:
Otello Martelli, Carlo Carlini
Guion: Federico Fellini, Tullio Pinelli
Montaje: Leo Catozzo
Música:
Nino Rota
Actores: Anthony Quinn,
Giuletta Masina, Richard Basehart, Aldo Silvani, Marcella Rovena
Plataforma: Filmin
(1954; 108’; ***; 31)

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